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El diablo de las menonitas

Los menonitas llaman la atención: son blancos, altos, de rostro anguloso y cuerpo atlético, recios, mientras que a su alrededor predomina el tipo indígena: bajito, la piel quemada, el cuerpo muy delgado y la barriga hinchada. El secreto, por supuesto, es la endogamia. Desde que llegaron a Bolivia, hace medio siglo, no se han mezclado, se han casado siempre entre ellos y siguen siendo lo que sus bisabuelos: descendientes de anglosajones germanos. Viven apartados en todos los sentidos, incluso el de las costumbres. No molestan a nadie y no quieren que nadie les moleste; suelen vivir en paz. Solo que la paz, aquí y ahora, se ha acabado. Cien mujeres violadas. El horror.

El pueblo es Manitoba y está ubicado en el este del país. Un rincón aislado, como casi todos los rincones donde entre 1930 y 1960 se asentaron los menonitas provenientes de Canadá (que antes habían viajado desde Rusia, y antes desde Alemania).

Ocho detenidos

Las primeras versiones, a la espera de que la fiscalía investigue, indican que al caer la noche algunos hombres rociaban con somníferos las casas de sus vecinos y cuando estaban seguros de que todos dormían se metían por las ventanas y violaban a mujeres y niñas. Hay sospechas de que lo hicieron durante nueve años, y por eso algunos creen que el cálculo inicial de víctimas se queda corto. Pero lo que más aterra y avergüenza a los menonitas es que los violadores sean gente de su misma comunidad. Sangre de su sangre.

Los menonitas han conservado los nombres y apellidos de sus antepasados. Se llaman Ham Neostater, y Cornelio Wal, y Abraham Blats, y Daniel Martens. Su lengua materna es el alemán y el castellano lo hablan con acento. «Aquí la gente tiene miedo, porque se dice que fueron nuestros mismos amigos los que cometieron el pecado», declaró Wal, trabajador agrícola (como casi todos en Manitoba), a un periódico boliviano. Ocho vecinos del pueblo fueron detenidos esta semana, lo que en una cerrada comunidad de apenas 2.000 personas supone que muchos tienen parentesco con los sospechosos: ora primos, ora sobrinos, ora yernos. Cristianos ultraconservadores, los menonitas ven a los detenidos más como pecadores que como delincuentes. Porque pecar es más grave.

Adolescentes de 14, 15 y 16 años están siendo sometidas a examen para saber si fueron violadas. Y de ser así sería terrible: mujer menonita que aspire al respeto de la comunidad debe llegar virgen al matrimonio. En la casa del comerciante Johan Klassen se improvisó el pasado lunes un laboratorio para llevar a cabo las pruebas, y desde primera hora de la mañana las menonitas empezaron a desfilar: sombreros de paja, vestidos largos, pañuelos blancos para las solteras y negros para las casadas. Ajenos por convicción al progreso y la modernidad (un poco como sus parientes religiosos, los amish), a la casa de Klassen llegaban en carroza.

Del miedo al pánico

No se sabe todavía cuánto tiempo los violadores pudieron actuar en la impunidad, pero sí se sabe cuándo los delincuentes empezaron a flaquear: cuando empezaron a dejar huellas. ¿Era normal que las mujeres se despertaran con la ropa desarreglada, algunas veces desnudas? Y ese aturullamiento, como si estuvieran drogadas.

No es extraño, teniendo en cuenta cómo piensan los menonitas, que muchas creyeran en «un acto del diablo», como han confesado a los fiscales, pero una cosa es el diablo y otra muy distinta oír ruidos, mirar debajo de la cama y encontrar a un hombre allí, esperando (lo cual indica, según las autoridades, que los violadores cometieron demasiados errores, como el de entrar donde sus víctimas antes de tiempo).

La calma de Manitoba es parte del pasado. Ahora todos desconfían del vecino, y muchos, por precaución, han instalado rejas en las ventanas; algunos compran perros bravos. «La gente está muy asustada», se repite en las calles. Los violadores no respetaron nada (lo hicieron con sus propias hermanas), y eso hace que el miedo parezca pánico. Por si fuera poco, hay indicios de que pudo ocurrir lo mismo en varias comunidades menonitas vecinas. La fiscalía investiga, pero aun cuando los culpables caigan, el daño parece irreparable. Esa inocencia, la que gobierna sus vidas, los menonitas la han perdido.

/elperiodico.com

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